
Ella subía a la terraza de un edificio alto cada vez que podía.
Pasaba horas allí.
Sentada, sin inmutarse.
En silencio lloraba, no tenía más qué hacer.
Sólo veía las atestadas avenidas, millones de luces esperando llegar a casa y ser recibidas.
Pero ella no.
Ella no tenía más compañía que su propia soledad.
Sola se ahogaba en sus lágrimas.
Sólo se despejaba con el humo de algún cigarrillo.
Su vida, ese día, se consumían como el cigarrillo.
Cada tarde, cada puesta de sol sobre la ciudad, cada noche, cada amanecer...
Siempre en el mismo lugar, siempre viendo las luces de la ciudad.
Esa agitada ciudad que parecía nunca descansar...
Descansar de existir, porque para ella nunca ha vivido.
Y por que a un alto edificio?
ResponderEliminarPor que no era esperada?
Me gusta.
emmm, no sé. supongo que son cosas que en mi imaginario tuvieron razón de ser, pero es un escrito muy viejo (de un cuaderno que encontré) y no recuerdo muy bien ni los motivos ni sentimientos exactos con los que fue escrito.
ResponderEliminarsi llego a experimntar catarsis o algo, te lo haré saber.
Muy seguramente todos hemos visitado la misma azotea en algun momento de nuestras vidas. La compañía no suele ser distinta a las ráfagas frías de viento de van y viene sobre las antenas parabólicas, o que suben en vertiginosa vertical por las ventanas como un caracol que se arrastra lento hacia la cumbre para luego lanzarse desde allí.
ResponderEliminarDe cierta manera cuando estás allí solitario la boca te sabe a vino, y puedes sentir un rastro amargo y dulce de buenos y malos momentos.
Estar en la azotea puede llevarnos días, meses, hasta años. Hasta que como último remedio alguien queriendo ver un poco más de cerca la Luna, abra la ultima puerta del edificio y nos de una mano para ponernos de pie.
Atentamente Chonete