
Condenado a una apariencia repulsiva, el que alguna vez fue un apuesto príncipe y ahora sufre horrores al mirarse en un espejo.
La misma repulsión con la que miró a la anciana cuya única ofrenda fue precisamente la belleza de una rosa.
Y ahora la belleza que despreció la paga con creces él mismo.
Día a día hallándose con una bestia en vez de su reflejo.
Pero es él, aquel que se observa con rabia y reconocerse en sus ojos.
El espejo no miente, los cristales tampoco; Ni siquiera el lago cristalino le oculta al príncipe su triste realidad…
Y éste sufre, llora, grita lleno de rabia y dolor… Tan impotente como desgraciado.
Maldiciendo todo el día, todos los días en lo que se ha convertido.
Sin esperanza, resignado a su transformación monstruosa…
Espera a esa Ella que no cometa su mismo error y lo saque de su pesadilla.
Una pesadilla que él mismo siente como perdida porque, después de todo, sabiéndolo él ¿Quién podría amar a una bestia?
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